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¿Vas por oro? Toma pico y pala

Los huevos de mi abuelo

¿Qué ha pasado con los huevos blancos? No sé si los conoces. Es francamente difícil encontrarlos en un supermercado, pero existen. O al menos hubo una época en la que los huevos blancos eran más comunes que los marrones. A pesar de que no tienen diferencias de sabor ni de nutrientes respecto a los marrones, desde hace unos años parece que se han extinguido. Quizás por eso te puede interesar esta historia, basada en hechos reales, de huevos blancos, emprendedores y negocios.

José María era un hostelero al que le iban más o menos bien los negocios. Tras la inauguración de una de las industrias del acero más importantes de España, la población de su ciudad se multiplicó por cuatro. Personas de todo el país que buscaban un empleo en la industria emigraron a esa pequeña ciudad del norte. El consumo se disparó y surgieron grandes posibilidades. Lloriana, así es como le conocían todos, percibía cómo toda esa nueva población que trabajaba en la fábrica estaba generando oportunidades para vender productos de todo tipo. Por instinto, y por la necesidad de alimentar a sus cinco hijos, no dejaba de darle vueltas a cómo sacar un mayor partido a su negocio y, cómo no, a otros que se le pudieran ocurrir.

Tras meditarlo, un día decidió comprar ¡300 gallinas! No tenía ni idea de gallinas, pero sí sabía que la gente comía muchos huevos, que los precios estaban subiendo sin parar y que esa inversión podía ser una manera fantástica de ganar dinero. ¿Qué gallinas comprar? Él vivía con su familia a las afueras del centro. En todas las aldeas de la época reinaban las gallinas blancas. Eran un poco más pequeñas que las marrones o negras, comían menos —por lo tanto, era menos gasto en pienso— y ponían huevos… blancos. Sabía que si compraba los pollos y los alimentaba bien, en cuatro meses tendría una buena cantidad de huevos para vender cada semana en el mercado.

El mercado de la ciudad era un hervidero de gente que bajaba de las aldeas a vender todo tipo de productos. Y allí empezó a desenvolverse Lloriana. Su hija mayor le acompañaba. El primer día que acudieron con un gran cesto de huevos blancos para vender se encontraron con una sorpresa mayúscula: los clientes no los querían. Se vendían huevos marrones sin parar, con precios muy atractivos, pero nadie quería los blancos. ¿Cómo puede ser? ¿Qué falla? ¿Pero si en todas las aldeas hay gallinas blancas y huevos blancos?

Las respuestas a estas preguntas se las dio una señora, ya anciana, que estaba en una de las esquinas de la plaza del mercado. Sus palabras le dejaron frío:

—Lloriana, la gente de ciudad no quiere huevos blancos. Los huevos blancos los comen los pobres. Los que viven en la ciudad son los nuevos ricos, y quieren huevos marrones.

Efectivamente, si hacemos un repaso histórico para saber quién mató a los huevos blancos encontraríamos a un responsable principal: el público los asociaba con la pobreza. Lo que te hacía «sentir diferente» era precisamente comer huevos marrones. Eran más escasos, más caros, y eso mostraba que eras una persona diferente. No sabían mejor ni peor. Las gallinas estaban alimentadas con el mismo pienso. Pero el mercado, o más bien la psicología que muchas veces determina cómo compramos, mandaba.

Y ahí tenemos a Lloriana con sus ¡300 gallinas! que, tras alimentarlas cuatro meses a base de buen pienso, fracasó estrepitosamente. Lo peor de un fracaso es la cara que se te queda, ¿cómo no pude saber esto antes? ¿Para qué me metería yo en negocios que no entiendo? No hay negocio fácil, todo tiene su singularidad, por muy sencillo que sea.

Pero no hay nada mejor que mostrar tu ignorancia, porque con suerte alguien te puede ayudar a salir de ella. Basta con encontrarte a la persona adecuada en el momento oportuno. Y eso es lo que le pasó a Lloriana. Uno de los clientes de su bar, un anciano que había vivido todo tipo de historias y que el hambre le había agudizado el ingenio, compartió con él una solución fácil a su problema.

—¿Fácil solución? Estás loco. ¿Quieres que pinte los huevos uno a uno?

—Más o menos, —le dijo el anciano—. Pero hay un remedio más efectivo: toma un cubo grande de agua y prueba con dos docenas de huevos. Mételos en el agua y añade medio paquete de achicoria. Espera unas dos horas y tendrás huevos marrones exactamente iguales que los huevos de verdad.

—¿Cómo?

—Sí, yo lo descubrí hace tiempo y, la verdad, ¡funciona!

—Pero, ¿no se quitará el color cuando se cocinen con agua hirviendo?

—No, se mantiene el color.

—¿Y no sabrán a café?

—Nada, ni rastro. Haz la prueba y ya me dirás.

Increíble, ese anciano le estaba aconsejando que tiñera los huevos blancos con achicoria, un sustitutivo barato utilizado para hacer café. Lloriana hizo la prueba. Durante unos días desapareció del bar. Probó a teñir huevos, los coció, frio y ofreció a sus clientes, para asegurarse de que nadie notaba ningún sabor raro. Hizo todo tipo de pruebas y se convenció de que ese anciano le había salvado el cuello.

Al siguiente lunes, él y su hija bajaron al mercado con un gran cesto de huevos marrones. Eso era otra cosa. En menos de dos horas, volaron. Aquel cesto le generó un beneficio importante. ¡Sus huevos se cotizaban muy alto! Él usó como argumento que había comprado otras gallinas, mayores y marrones, para tratar de conseguir rápido huevos de ese color.

Crees que te hemos contado la historia de un timo? Puede ser, pero es el inicio de algo que hoy en día ni pensamos en ello: la gran industria de los colorantes alimentarios. Hasta nos quieren vender como vino un líquido azul. Lloriana es el abuelo de Javi García y su hija es su madre. La historia transcurrió en una ciudad de Asturias a principios de los años sesenta. La conoció cuando el abuelo se la contaba a las hijas de Javi, sus bisnietas, y lo hacía con cierto remordimiento

En el fondo quería explicar que, cuando tienes hambre y necesidades, hay que hacer lo que sea para sobrevivir. En cambio, esta historia ayuda a comprender algunos principios importantes, que siempre se repiten, a la hora de crear una empresa:

  1. Primero, es mal negocio averiguar tarde lo que quiere tu cliente. Si lo averiguas cuando ya has hecho una importante inversión y has gastado todo tu dinero, este pequeño detalle te puede llevar a la ruina. La anticipación es muy importante.
  2. Segundo, no hay negocio que salga como está previsto, siempre surgen problemas. Asumamos desde el primer momento que nadie tiene información perfecta. Y en los negocios, absolutamente nadie. No podemos anticipar el futuro. Eso nos lleva a la incertidumbre, no sabemos cómo ni dónde acabará lo que empezamos. También aflora el riesgo, es difícil anticipar con qué probabilidad van a ocurrir las cosas que imaginamos al principio.
  3. Ante los problemas, y siempre van a ocurrir problemas, repetimos, es fundamental tener la habilidad de ser flexible para buscar soluciones. Crear una empresa aferrándose a la idea inicial y no estar dispuesto a cambiar, a medida que tienes información nueva, es un suicidio. Las personas flexibles tienen más capacidad para sortear las dificultades. Ese tipo de personas están dispuestas a aprender siempre y, quizás lo más importante, a desaprender lo que haga falta. Humildad para pedir ayuda, aprender rápido y ejecutar a la velocidad del rayo, son condimentos indispensables en el mundo de los negocios.

TEXTO TOMADO DEL LIBRO LA BURBUJA EMPRENDEDORA “JAVIER GARCIA Y ENERIQUE GONZALEZ

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